Los barracones del hospital militar número XXIV estaban situados en la periferia de la ciudad. Desde la estación terminal del ferrocarril hasta la enfermería, una persona sana habría tenido que caminar de firme durante media hora. El ferrocarril conducía al mundo, a la gran ciudad, a la vida. Pero los ocupantes del hospital de guerra número XXIV no podían llegar a la estación terminal del ferrocarril.
Estaban ciegos o tullidos. Tenían la espina dorsal deshecha a balazos. Esperaban una amputación o ya la habían sufrido. La guerra quedaba muy atrás. Habían olvidado el adiestramiento; el sargento; el capitán; la columna de marcha; el cura castrense; el cumpleaños del Káiser; el rancho; las trincheras; los asaltos. Su paz con el enemigo estaba sellada y rubricada. Se aprestaban ya a una nueva guerra; contra los dolores; contra las prótesis; contra los miembros paralizados; contra los espinazos doblados; contra las noches sin sueño; y contra la gente sana.
Sólo Andreas Pum estaba contento de cómo iban las cosas. Había perdido una pierna y recibido una condecoración. Muchos no poseían una condecoración a pesar de haber perdido más de una pierna. Les faltaban piernas y brazos. O debían estar siempre en cama, porque tenían la médula destrozada.
Inicio de "La rebelión", de mi amado Joseph Roth
A Joseph Roth no lo dejo yo sin comentarios.
ResponderEliminarHola, Little, ¿qué tal?gracias por tu comentario, breve pero sentido.
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