
Y amo a las lavanderas del Ródano.También ellas son pobres y han superado ya la primera y la segunda juventud, pero se muestran alegres como muchachas. Permanecen allí de las seis de la mañana al atardecer y quieren aprovechar hasta el último y débil rayo de sol, y es como si ahorrasen la luz del valioso astro y fuesen capaces de estirar un día para convertirlo en tres. A su vera fluye el agua, agua siempre nueva y plateada, millones de olas diarias ven las lavanderas y en cada una de ellas sumergen la ropa que tienen que lavar, lavan la suciedad con gestos de sacerdotisas, y lo profano se vuelve sagrado. Alegres y animadas como el agua, cantan sin cesar y se saludan a gritos, sus voces suenan a un lado y otro del río, mezcladas con el chapoteo del agua, aclaradas y reforzadas por el eco del escarpado talud, puentes argénteos, invisibles, sólo perceptibles para el oído, puentes para los saludos. La ropa de toda la ciudad se vuelve limpia en el Ródano. Es como si lavaran toda la inmundicia de la gente; como si esas mujeres estuviesen allí para mantener pulcras las almas de los habitantes de Lyon. Y creo que una ciudad bañada por dos ríos es una ciudad honesta. El agua es un elemento sagrado.
Joseph Roth.
Las ciudades blancas. Ed Minúscula.