sábado, 17 de agosto de 2013

EL HOMBRE QUE PUDO VOLAR



Año 1542. Es noche cerrada y en lo alto de la torre de la catedral de Plasencia se divisa una extraña figura.

En esa torre está encerrado Rodrigo Alemán, un hábil artesano, que esculpió las sillerías de la catedral de esta y otras villas. Pero su fama le vino, además de por su talento como escultor, por haber conseguido soliviantar a la Santa Inquisición. Así, se dice de él que es judío converso, y que sus esculturas, destinadas a lugares sagrados, son un tanto inapropiadas para tan piadosos recintos. Algunas representan escenas eróticas, en las que aparecen mujeres insinuándose a sacerdotes, diablos jugando y temas de homosexualidad o zoofilia.

Se libró de la hoguera por intercesión del Cabildo de la catedral, pero, como castigo, ha sido condenado a permanecer de por vida encerrado en la torre de la catedral. Allí podrá seguir cultivando su arte, para lo que le serán facilitadas las herramientas y materiales necesarios.

Pero volvamos a mirar a lo alto de la torre. ¿Qué es esa extraña silueta que se recorta entre las sombras de la noche? Podría tratarse de un hombre, si no fuera por esa especie de alas gigantes que salen de sus brazos. Podría tratarse de un pájaro, pero, entonces sería el pájaro más grande que el ser humano hubiera conocido.

Es el maestro Rodrigo que se ha construido unas alas para escapar del encierro. Parece que va a saltar. Y salta.

Usando aquél extraño artilugio, el reo logró volar, manteniéndose más de un cuarto de legua en el aire, atravesando la ciudad y dejando atrás su cautiverio.

Otros dicen que logró volar, pero que se mató en el aterrizaje. Y otros que se mató sin conseguir mantenerse en el aire.

El caso es que nunca más volvió a saberse de él.

Por algo será.